Había llovido la noche anterior y hoy amanecía el cielo más despejado.
Puto desperador. Llegaba ya tarde al instituto y si no estaba allí antes de las menos diez, me volverían a dejar fuera. No podía permitirme el lujo de perder clase de lengua otra vez, estaba al borde de venir por las tardes para hacer "trabajos comunitarios", más conocido como quitar chicles de debajo de las mesas o limpiar los baños.
Me acordé de todo en lo que había pensado últimamente sobre los chicos, su mente (bragueta) y su forma de vivir.
Como buen primer día de chico, ordené mejor mis ideas y decidí faltar a clase. Había aprendido a falsificar la firma de mi madre desde que tenía siete años y no tenía ningún inconveniente en volver a hacerlo.
Cojí una sudadera llena de manchas de pintura, la típica prenda de ropa que te pones para decorar tu habitación o para hacer gilipolleces con tus amigas. Le añadí unos vaqueros ajados y listo, ya estaba preparada para hacer una pequeña excursión a la playa.
Me llevé una manzana, un trozo de bizcochón y salí corriendo calle abajo. El autobús escolar estaba pasando frente a mis narices pero me dió suficiente tiempo para hacerle señas a Shelby: -Estoy enferma, ¿vale?.
Me respondió con un simple: -Llámame.
Seguí corriendo antes de que la profesora Mckinley descubriese mi pequeña mentira.
La playa estaba bastante cerca de mi casa, así que no tuve problemas para llegar en menos de cinco minutos.
Me relajé.
Me tumbé en la arena y dejé que mi mente se esfumase con la brisa. Hacía mucho tiempo que no me relajaba.
Terminé de doblar el papelillo, lo apreté un poco por la punta y me quedé observando mi pequeña obra de arte. En la palma de mi mano tenía la medicina para que mis problemas se evaporaran.
Cogí mi mechero de Bob Marley y encendí mi trocito de cielo.
Se desvaneció todo delante de mis ojos y ya no pude pensar más con claridad, estaba aturdida, mareada y un tanto relajada, pero me tenía que ir, me iban a matar.
Al cruzar el umbral de mi puerta, con la ropa empapada y descalza, me encontré con un temible dragón de dos cabezas que me esperaba para rugirme y morderme si tenía ocasión.
Mi madre, tan simpática como siempre.
La cabeza estaba a punto de estallarme y no mejoró mucho con sus gritos.
Me metí en la cama después de haber cerrado la puerta con un: - ¡Que te den!, y me dispuse a tocar un poco la guitarra.
Mi primer día como chico.
No había funcionado muy bien que digamos, y en mi otra vida no estaba todo arreglado como yo pensaba. Mi vida de adolescente era una mierda, chicos, exámenes, y amigas falsas. Todo giraba al rededor de esa espiral.
¿La vida de los chicos no sería diferente?.
Estaba dispuesta a averiguarlo.